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Anexo a la Saga de Santuario: Las memorias de Urquhart (1)

En negrita los personajes jugadores

Prólogo

El muy admirado señor Urquhart me ha pedido incluir sus memorias dentro de la Saga de Santuario, y con el permiso de mi señor Lord Devon he añadido este el primer anexo a la Saga, el capítulo uno de Las Muy Ilustres Memorias de Urquhart Mano de Cerdo, Voz del Zola Fel.

Nuño, escriba del castillo de Bolgrad. Diciembre de 1624

Las Memorias de Urquhart. Capítulo Uno

Mis ojos están ya cansados y mi memoria es frágil y quebradiza, sobre todo desde que fui liberado del negro abrazo de la Hambrienta; sin embargo haré un esfuerzo para ayudar al escriba Nuño y complementar las crónicas que le ha encargado su señor.

Mi memoria alcanza a los felices tiempos de Las Voces del Rio, yo era un Mostali muy joven para las cuentas y larguísima vida de los enanos. Salí en busca de aventuras con la bendición de mis hermanos; de tanto en tanto un Mostali se libera de la rutina y sus cadenas y sale en busca de aventuras. Debe obedecer a algún plan oculto del Gran Mostal que no alcanzo a comprender. Nos suelta por el mundo supongo que para ganar conocimiento que luego pueda servir a la causa de los Mostali. En realidad no ha pasado mucho tiempo desde que salí, apenas ocho años; sin embargo me siento como si fuera un anciano.

Recuerdo la inconsciencia, el lento despertar en el agua de la marisma, los tirones de los babuinos hurgando en nuestras cosas. Sí, todo lo que narra Nuño es cierto, incluso el desafortunado incidente de la mano de cerdo. Para enmendar mi falta y, como Sir Olger me había acogido como escudero, me entregué con denuedo en los combates, una entrega casi suicida teniendo en cuenta que no tenia habilidades guerreras, pues el buen Mostal tuvo a bien fabricarme enano de piedra para amar los arcos y las columnas.  El primer combate que recuerdo fue el de un troll que atacó a los caballos de nuestro campamento. En mi vida había visto uno, corrí al combate en cuanto oí los gritos de alarma, sin apenas armadura y blandiendo el martillo. Cuando lo vi me quedé paralizado durante un instante, me sacaba tres o cuatro cuerpos y su visión era de “se te ponen los pelos como escarpias”. Mi odio a las criaturas caóticas se impuso a mis temores y cargué ciegamente, mi martillo golpeó contundente su pie y me quedé estupefacto: semejante martillazo habría demolido una montaña.  Estaba tratando de comprenderlo y no lo vi venir: su garrote osciló, el impacto fue tremendo y me hizo volar varios metros como si fuera un pelele, acto seguido me quedé inconsciente. Creo que Gingli me salvó de ser reducido a escombros.

He de aclarar que nunca fui una auténtica Voz del Zola Fel, aunque por honor intentara comportarme como tal. No recuerdo bien si llegué a tener las runas grabadas, creo que desaparecieron pues mi Señor Mostal, es muy exigente y la fidelidad que demanda es totalmente excluyente. La gran cacería de gorps fue muy excitante y durante esa época fui entrenándome en las artes guerreras con el beneplácito de Sir Olger y mi buen amigo Gingli. Así alcancé un respetable manejo del martillo y también del escudo, pues vi que este elemento era de suma importancia. También durante esos días, y en parte por el contacto con el hechicero Smeril, empezó a desarrollarse en mí el interés por las artes mágicas, causa de mi posterior perdición. Baste decir que lo veía como un juego y como una forma de ganar más poder para ponerlo al servicio de Mostal. Si, al fin y al cabo, todos los Mostali nacemos con conocimientos de hechicería, por qué no ampliar el conocimiento a otros ámbitos más allá de nuestro reducido campo de competencia a mayor gloria de Mostal. Sin embargo, a mi Señor, esto terminó por no agradarle, pero esa es otra historia que será contada en su momento.

De la expedición al Jardín de Genert y la búsqueda de la espada me vienen a la memoria tres episodios. El primero de ellos ocurrió después de reunirnos con Gingli, que nos deleitó con los detalles de su feroz batalla; a partir de entonces el lugar de la misma se conoce como “La colina de la hamburguesa Broo”.

Explorando los pantanos del Jardín nos topamos con criaturas de lo más extrañas, pero sin duda la más extraña de todas fue un ser pálido, de coloración ligeramente azulada, completamente tatuado con runas y que con su sola mirada hizo que uno de los nuestros cayera en un profundo sueño. En cuanto nos atacó, cargué contra el ser sin medir las consecuencias, si hubiera sabido de qué se trataba me lo habría pensado tres veces. Mi primer y último ataque fue de una destreza superior a la habitual, sin embargo el ser  ni se inmuto: el martillo rebotó y se quedó temblando en mis manos. Me miró con aquellos ojos tan inquietantes y no recuerdo nada más. Luego se disolvió en una especie de niebla y se dio a la fuga ante la superioridad de nuestro grupo. Más tarde llegamos a la conclusión de que era un vampiro, sólo de recordarlo se me erizan los pelos de la barba, y tomamos algunas medidas de prevención.

El segundo episodio sucedió explorando las ruinas de la biblioteca, de repente me vi transportado a un lugar tan negro como la hambrienta e infecta boca de la Gran Caótica. No entendí lo que había sucedido. A tientas fui explorando el lugar, rectangular, sin puertas, ventanas, ni aberturas, nada, ni una grieta. Mi sentido enano me decía que se trataba de un sitio hermético. Como enano de piedra estudié el lugar y llegué a la conclusión de que se trataba de una tumba inexpugnable para los ladrones vulgares. Había que estar en posesión de un conocimiento más refinado para entrar y salir. Era la tumba de alguien poderoso, un rey o algún caudillo importante.  Tenía un gran mausoleo en el centro con galerías altas y lisas que lo rodeaban.  Me las apañé para encender una antorcha y exploré más a fondo el lugar a ver si encontraba algún punto débil por el que salir de allí. Inmerso en mis cálculos arquitectónicos, alcancé a escuchar un ruido sordo y rítmico que provenía del fondo de una de las galerías. Era como una lija contra el suelo. Cada vez lo oía más nítido. O mucho me equivocaba o alguien o algo se estaba acercando. Antorcha y martillo en ristre me fui aproximando al origen del ruido. Si los enanos defecaran piedras hubiera sido el momento perfecto para hacerlo, así podría tirárselas a lo que vi: un cadáver envuelto en harapos y vendas se acercaba a paso lento, blandiendo una espada descomunal. Por cierto que eso de defecar piedras es un mito muy extendido y completamente falso. Estaba atrapado y solo. No es que tuviera miedo, un enano nunca tiene miedo, pero la perspectiva no era muy halagüeña. Me apresté al combate y pronto descubrí que aquellos mandoblazos que propinaba la cosa me dejarían sin martillo con el que parar sus golpes, así que nos embarcamos en un combate-carrera con tintes cómicos (uy, uy, uy que viene, que viene) en el que yo me zafaba del combate para ganar espacio, montar la ballesta y descubrir que las saetas pasaban entre sus huesos, seguir corriendo rodeando el mausoleo, ganando espacio, tiempo y pensando a toda velocidad. Intenté inmovilizarlo con un conjuro que da forma a la piedra de manera que atrapara los pies de la momia, pero entre los nervios (que viene, que viene) y que su movimiento dificultaba mi puntería, no acerté en los varios intentos que hice. Así que mis opciones se reducían a seguir corriendo, que viene, que viene, poniendo tierra de por medio. Supongo que por la desesperación y revisando en la mochila, encontré varios frascos de aceite y entre carrera y carrera, que viene, que viene, los preparé para arrojárselos y que se incendiaran al contacto. De esta manera regué las galerías de pequeñas fogatas que me iluminaban muy bien el camino por donde correr, hasta que por fin acerté de pleno a la cosa y las llamas se extendieron rápidamente por las vendas y girones de tela consumiéndola por completo. Recé al Gran Mostal para que no hubiera más momias y, supongo que por la tensión del encuentro, no recuerdo cómo salí de allí. No sé si mis compañeros se reunieron conmigo al cruzar el portal mágico, pues de eso se trataba, o salí de allí gracias a mis habilidades arquitectónicas.

El tercer episodio sucedió en los túneles de la Llanura de las Estatuas. La exploración de los mismos hubiera resultado más ardua si no se hubiera contado con el sentido oscuro de los enanos que, gracias a Gingli y a mí, nos previno de algunas emboscadas y trampas naturales. También ayudamos con nuestro conocimiento secreto y habilidades para tender escalas. Pero lo importante no fue eso. Una noche Gingli y yo tuvimos un sueño, el mismo sueño, tan real y vívido que cuando despertamos del mismo nos preguntamos si no estábamos soñando. Entre la bruma de  la irrealidad, las sombras y el humo se disiparon y los dos nos encontramos en la más rica galería enana que se haya visto jamás, las iridiscentes luces tornasoladas por las piedras preciosas bañaban la antesala como una promesa de plenitud. Avanzamos son solemnidad, maravillados, hasta unas puertas ricamente labradas que se abrieron invitándonos a entrar. Ante nosotros se desplegó tal munificencia que en toda Glorantha no ha habido ni habrá nada ni nadie que pueda superarla. Nuestros sentidos se vieron saturados por un resplandor dorado que no tenía un origen definido, ni fanales, ni espejos, ni fuegos de donde proviniese tal beatitud. Inmensas columnas con filigranas en mithril se perdían en una bóveda a la que no se adivinaba fin. Los arabescos palpitaban con una luz azul radiante casi blanca, dando al inmenso salón una apariencia de vida que invitaba a la calma y el descanso. Estábamos en casa. Los tapices, colgados de las paredes en un orden perfecto y simétrico, parecían resplandecer y sus bordados cambiaban continuamente, mostrando las imágenes más bellas de las heroicas hazañas de nuestro Señor Mostal. No estábamos solos, varias decenas de enanos nos observaban con el gesto adusto, la expresión grave, la mirada nos daba la bienvenida y a la vez transmitía la solemnidad de lo que iba a ocurrir. Creí reconocer a alguno de los legendarios héroes Mostali de los que hablan nuestras más venerables leyendas. Enanos míticos que ayudaron a Mostal en su lucha contra el Caos. Nos invitaban a seguir sin temor. Por fin lo vimos al fondo del inmenso salón. Un trono. Magnifico. De Mithril macizo. Recamado con las más ricas gemas. Totalmente resplandeciente. De repente nos vimos transportados a los pies del mismo y fuimos cegados por un resplandor irresistible. Cuando pudimos abrir los ojos caímos de rodillas en señal de respeto y adoración: el mismísimo Mostal nos daba la bienvenida, no movía los labios y sin embargo oíamos su voz omnipotente en nuestras cabezas. Con un gesto nos pidió que nos levantáramos y luego abrió sus manos como si sostuviera un libro. Este apareció de la nada con un fulgor y Mostal nos permitió leer en su Gran Libro Secreto, su gran obra donde todo lo que es y será está ya escrito de antemano.  No puedo revelar lo que leí si quiero mantener las esperanzas de que algún día mi Señor Mostal tenga a bien acogerme de nuevo entre sus hijos; mucho me temo que he revelado demasiado ya, si lo hago es para reflejar la Gloria de mi Señor y la pena por lo que ocurrió más adelante con el correr de mis aventuras. Sólo diré que nuestro Señor Mostal nos encomendó la tarea de refinarnos a nosotros mismos hasta llegar al súmmum de lo que puede ser un Mostali, una tarea que lleva más de mil años. Luego, nuestro Gran Señor Mostal, nos dirigió una mirada llena de sabiduría y cerró el libro devolviéndonos al mundo de la vigilia con una gran sensación de bienaventuranza y con una gran responsabilidad sobre nuestras cabezas. Pocos son los llamados y muchos menos los elegidos. Y nosotros, Gingli y Urquhart, habíamos sido llamados.

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